sábado, 14 de agosto de 2010

A la Maestra con cariño

Señor Director y Editor : Yo estaba como en segundo medio cuando conocí a la Uly. Ella venía llegando del Norte dijeron, junto a otros profesores. Todos jovencitos. Recuerdo que llegó a hacernos clases de Historia. Su figura delgada, alta. Usaba unas botas blancas. Tenía un vozarrón que intimidaba, pero luego nos dimos cuenta que era puro corazón”.
“Recuerdo a la Uly cuando nos hacía clases en el Nocturno. Siempre alegre, generosa, de risa fácil. Dispuesta a ayudarnos en lo que emprendiéramos. Y de apoyo incondicional. Nunca se negó a cuidarnos en las fiestas de aniversario”.
“Recuerdo a la Uly paseando en las tardes por la plaza, con un grupo de alumnos. Conversando alegremente. Nunca la vi triste o abatida. Siempre me impresionó su optimismo”.
“Había algo especial en ella que hacía que le pudiéramos confiar nuestros secretos y sueños más escondidos sin temor a ser juzgados y con la certeza de se comprendidos y apoyados”.
La lista de ex alumnos hoy todos adultos que la recuerdan así como los citados más arriba pueden llenar páginas. En todos los recuerdos y opiniones hay elementos comunes: su alegría, su optimismo, su generosidad. Y tienen razón. Esas virtudes y muchas otras adornaban su persona.
Ni en la etapa final de su vida en Victoria cuando su salud fue deteriorándose, podríamos decir que su ánimo se opacó. Siempre igual.
Es que su vida era el liceo.
Qué feliz estaba cuando le informaron que podía seguir trabajando a pesar de haber llegado a la edad de jubilar.
Al parecer vino a Victoria a trabajar sólo por un tiempito pero la helada Victoria la cautivó y decidió quedarse. Desde aquel día fue más victoriense que nosotros mismos, guardando su Valparaíso natal en el fondo de su corazón.
Sin embargo producto de su enfermedad, volvió al puerto, donde su familia la acogió cálidamente. Desde allá seguía atenta la vida de Victoria.
Decir en estas líneas cuanto sentimos tu partida tal vez es inoficioso. Muchas veces, como en esta ocasión las palabras por muy bien que se hilvanen, no podrán trasuntar cuánto te hemos extrañado.
Cuando por motivos de salud dejaste el liceo, notamos el vacío de tu partida. Extrañábamos tu generosidad, espíritu de servicio y pasión por la docencia que se demostraba en tu siempre viva ansia de aprender y actualizarse. Demás está destacar tu entrega sin límites a tus queridos “chiquillos”. Hoy tenemos una triste certeza: has partido definitivamente. La congoja nos consume. Pero así también nos invade la alegría de haberte conocido.
Quiera Dios, te conceda un lugar privilegiado en el cielo o donde sea que llegan los espíritus generosos. Nosotros acá te aseguramos que tenemos un lugar para ti en nuestros corazones.
Tus amigos y amigas de Victoria
Victoria, agosto de 2010

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